El Color del Paraíso

Es el inicio de las vacaciones de verano y Mohammad, (Mohsen Ramezani) niño ciego de 8 años espera a su padre. Y lo espera…  y lo sigue esperando. Los demás compañeritos ya se han ido y se queda solo. Su ceguera física refuerza sus otros sentidos. Por fin, llega su padre y lo primero que hace es mostrar lo envidioso que és. A Hashem (Hossein Mahjub) parece sólo interesarle una joven iraní con la que pretende casarse.

No le queda de otra más que llevarse al pequeño, y lo lleva con la abuela (Salime Feizi) con quien descubre la belleza y el contato con la naturaleza.

El pequeño piensa que nadie lo amará por su condición física. Así que busca a Dios en la naturaleza, leyendo con la palma de las manos.

Al aprender un oficio, su maestro carpintero le enseña que hay que abrir los ojos del corazón para encontrar a Dios.

El Color del Paraíso me enseñó a salir un poco de la costumbre. A acercarme a la naturaleza. A encontrar en el pájaro desprotegido que cae de su nido, a uno mismo. Buscar sin parar. No quejarnos de lo que no tenemos, sino aprovecharlo para dar. Vaciar las manos para recibir.

Entregarnos con profunda convicción. Arrojarnos al río que es fuerza que arrastra y nos sobrepasa, pero que al adentrarnos a él, nos hace parte del mismo aunque sea por unos instantes, nos transforma y nos libera.

No vivir en el desconsuelo y en el miedo. No esperar pedradas escondidos dentro de una choza, bajo una eterna tormenta, sino abrirse al mundo con valentía, tocando la vida.

Ser independientes, no ser una carga que haga que los demás se preocupen por mí, por mi egoísmo. No hacer que nuestra propia protección nos mate, como a una tortuga patas pa’rriba.

Cuidar y no tener que ser cuidados por los demás. Ser sabios y guías espirituales, liberar a quienes podamos hacer respirar. Ser certeros y dispuestos a sacrificarnos por los demás, con esa claridad que nos permita estar siempre listos para lo que suceda, sin postergar pendientes.

No hay que ser ciegos para lo que nos convenga, sino abrir los ojos del corazón a tiempo, para apreciar que somos parte de un todo.

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