El verdadero aliciente

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Enrarecimiento de aire. Dificultad para respirar. Mejor dicho: respiración nula. Congoja, angustia exponencial.

El asesino no dejará que el agua termine con la vida de la víctima. No permitirá que el líquido vital alcance al aparato respiratorio provocándole la muerte. No aún. Es el asesino experto en ahogamientos secos. La víctima sufrirá espasmos laríngeos cerrándole la glotis como mecanismo de defensa. Es entonces cuando después de revolcarse de gozo, el asesino lo sacará de la vitrina transparente y lo reanimará.

Es el agua que utiliza: inodora e incolora, nos explica el asesino: “El olor y el sabor se lo añade al caldo el miedo y la angustia. La desesperación es mi firma.” Además es incolora porque es crucial que así lo sea.

El vidrio de la pecera es duro, frágil y transparente. Es decir, como cualquier vidrio, pero es además realmente frío. Lo cuál no agrada al asesino pues lo aleja de la muerte de la víctima. El verdadero aliciente lo proporciona el agua, valorada en extremo por el verdugo. Su acción disolvente trabaja efectivamente. Le disuelve la vida al desgraciado el elemento vital.

El asesino no podría contemplar en su mente una muerte con agua contaminada, con agua no potable. Su placer se basa en la ironía de una muerte con excesos en la vida. Dulce ahogo que se vuelve en desesperación, mientras la persona que muere bajo dichas condiciones lo observa con sentimientos varios.

La sensación de alerta y angustia por la presencia del victimario es perseverante. Es además viva e intensa la lucha por vivir. La pérdida total de la esperanza es alimento de progreso, de una nueva etapa en donde la dulce muerte ya no es elección.

Si se rinde el casi ahogado intentando tragar agua y terminar su sufrimiento, el experto lo atiende de inmediato, le ofrece voluntariamente un baño reconfortante que produce un efecto energizante. Vuelve a la vida el insumo mortuorio, listo para regresar al punto de partida.

El zumo de miedo y angustia es bebida que incita al vómito a los invitados del asesino. Por eso aprendió a vivir sólo, consumiendo habitualmente y en exceso su trastornada fórmula que honra a los elegidos por el cuerpo cuyas moléculas poseen la cohesión perfecta.

“Humanos que matar siempre habrá mientras yo viva. ¿Pero agua? Prefiero morir ahogado, atragantado, en el abrazo perfecto, que anhelar alterado e impotente que desborde mi pileta.”

Sobre el autor

Jos Velasco es desarrollador web y participa en múltiples proyectos culturales. Contáctalo.

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