Preparativos para una cena formal

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Unos minutos antes, en la soledad, comencé a prepararme para la cena. El requisito era ir de traje al restaurante. Traje que llevaba guardado desde hace quien sabe cuanto tiempo. Y es que era desde hace quien sabe cuanto tiempo porque mi madre me avisó: “Tu traje debe de estar (hago énfasis en el debe) guardado en el closet de tu hermano”. Esto se debió a que en pasadas fechas el mío se estaba humedeciendo junto con el cuarto entero.

Busqué y busqué mi traje. No lo pude encontrar. Encontré dos trajes de mi hermano. Pensé en la ridícula posibilidad de probármelos pero… bastó con abrir y cerrar el cierre del estuche de la tintorería, para darme cuenta del absurdo.  Yo era un gigante que no cabría en esos trajes sin destruirlos.

Cuando el calor hizo su trabajo y le ayudó a la desesperación a presentarse, recordé que en mi casa, existe un closet en el que mi madre guarda sus vestidos. Fui a su encuentro con pocas esperanzas… Incluso ya pensando en la resignación y en las excusas para explicar mi ausencia a la cena. Ahí encontré mi traje.

Es impresionante que ya no recordaba ni su apariencia. Lo saqué con cuidado y me lo empecé a probar. Lo que no pude probarme fue la camisa porque simplemente se desvaneció como un efímero recuerdo estudiantil. Me probé el saco con miedo a romperlo pues, siempre que me pruebo un traje, ya crecí: En mis marcados recuerdos infantiles, solía hacerlo de forma vertical. En esta ocasión crecí al horizonte de mi ombligo.

Estimada audiencia, el saco entró. El pantalón también, pero… se negó a cerrar. Simplemente dijo no.

“Si así no me cierra, ya me imagino cuando cene, ¡el botonazo irá a caer directamente a una mandarita!”

De pequeño (muy…) mi madre siempre me cerraba los pantalones hasta el ombligo, donde se supone tienen que ir. Resulta que este se rebeló y cerró más bien en la cintura; desfajado y descartando la necesidad de un cinturón.

Y ya si andaba desfajado la corbata que, por cierto estaba desteñida y ahora era incombinable con la camisa sustituta, resultó ser inútil. El calor desesperado ya, me apoyó en mi decisión: Partiría con el saco y el cuello de la camisa también desabrochados.

Me sentí cómodo en toda la cena e incluso después. Nadie se quejó porque incluso me veía casual y después de todo, ir de traje era un capricho de mis amigos. Un capricho que después de los preparativos, disfruté bastante.

Sobre el autor

Jos Velasco es desarrollador web y participa en múltiples proyectos culturales. Contáctalo.

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