Barriga de hombre


Está normalizado ver hombres panzones. Al menos a nadie le sorprende.

Mi papá tenía su buena panza. No recuerdo que comiera demasiado, tal vez no ayudaba que a veces le agarraba la hora de la comida en la calle.

Le gustaban mucho los crujitos de queso. También era dulcero. Recuerdo cuando nos traía rollos de guayaba con azúcar.

Tenía unos brazotes de popeye. De repente ayudaba a su gente a cargar cosas pesadas a la camioneta de toneladas.

Uno de sus trabajadores era herrero. Tenía una panza especialmente abultada. Podía comer tortas ahogadas bañadas en puro chile en dos mordidas. Era increíble su hombría y sus manos manchadas de soldadura.

Movía vigas de acero como si fueran palillos que al caer hacían retumbar el pavimento.

Cuando podía, mi papá comía comida de verdad. Se enojaba y hacía berrinches cuando al llegar a la casa había comida chatarra como hamburguesas o pizza.

Carne. Sopa. Agua fresca hecha con frutas, no de sobre. Ensalada.

Por las tardes, ya cuando se sentaba a descansar, se destapaba la camisa con la seguridad de un hombre.

Las manos de mi madre se paseaban diminutas por su pecho velludo.

Su barriga de hombre, que reflejaba los colores azules de la televisión, es algo que siempre voy a recordar.

Jos.

Diarios de cuadritos (19 de 30)

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